“Mi madre me decía: respira como si no existieras, como que no se note que estás aquí”

El relato de una joven pakistaní de 21 años que rompe el silencio desde España para dejar de ser una “sombra” y abrirse camino como escritora y mujer libre

Fotografía del entrevistado| de archivo


La protagonista de esta entrevista ha preferido mantener su identidad en el anonimato. Por motivos personales, no quiere que su nombre real aparezca publicado. Por ello, para poder contar su historia y referirnos a ella a lo largo de la conversación, hemos decidido llamarla bajo el pseudónimo de Lily, un nombre que ella misma ha elegido por ser el que le habría gustado tener.

 

La historia de Lily en España comenzó a los cuatro años, cuando su familia dejó Pakistán en época de hambruna en busca de seguridad y una educación estable. Tras aterrizar en Madrid, el primer lugar donde la familia se estableció fue en Logroño, donde la protagonista pasó gran parte de su infancia. Años más tarde, poco antes de la pandemia, la familia se trasladó al País Vasco, en concreto a Durango con la intención de mantenerse unidos y cerca de los negocios de sus tres hermanos mayores. No obstante, la aparente tranquilidad de este nuevo entorno ocultaba una realidad marcada por el descuido y la falta de libertades básicas, tanto para ella como para su hermana pequeña.

En el hogar, el privilegio estaba reservado para los hermanos varones, mientras que las necesidades de las hermanas quedaban siempre en un último plano. Este control llegaba a extremos, como la restricción de la higiene personal. Solo se les permitía ducharse una vez a la semana, en una sola hora para ambas y bajo un horario estricto diseñado para no coincidir con ningún hombre de la casa y así “no dar problemas”. La libertad de salir a la calle era inexistente, ya que cualquier salida al parque dependía de la decisión de sus padres, quienes además les prohibían tener amistades reales, solo les permitían tener “compañeras” tanto en el colegio como en la mezquita. 

Por otro lado, cada trayecto estaba cronometrado, sus padres calculaban los minutos exactos de ida y vuelta para interrogar cualquier demora, todo bajo un clima de constante violencia física y verbal. “Sufrí abusos sexuales por parte de un amigo de mi hermano y su tío, pero no pude contarlo porque mi madre me mandó callar. Solo se lo conté a ella, y me dijo que no se lo contara a nadie porque, de lo contrario, no podría casarme y la gente hablaría”, confiesa la pakistaní.

Imagen que representa a Lily y a su hermana pequeña | Fuente: Pinterest

Asimismo, el punto de ruptura definitivo llegó cuando Lily cumplió los 19 años y presenció como su hermana pequeña de tan solo nueve comenzaba a somatizar el estrés de vivir en un hogar donde se sentían inseguras y descuidadas. “Cuando escuché a mi hermana decir que no podía respirar más y que no quería estar en la casa de mis padres, supe que no podía permitir que ella viviera el mismo trauma que yo había soportado”, explica la joven pakistaní. Por ello, inició un proceso en secreto junto a los servicios sociales desde su instituto para planificar una huida a escondidas. Aunque este plan sufrió un giro inesperado que adelantó el procedimiento y que terminó con las dos hermanas fuera del hogar antes de lo previsto.

Esta decisión de ambas hermanas de buscar libertad, ha tenido un precio devastador en su entorno cultural, donde Lily y su hermana pequeña son consideradas como una deshonra. Puesto que para su familia, el hecho de que se hayan ido de casa y rechacen seguir los principios del Islam es visto como una abominación. La entrevistada explica que en su cultura, si una mujer se rebela de esta manera, la familia suele atribuirlo a que un demonio la ha poseído o que ha sido víctima de brujería. “Si estuviéramos en Pakistán, estoy convencida de que nos hubieran llevado ante un chamán para someternos a exorcismos”, informa Lily.

A pesar de todo, a día de hoy sus padres no reconocen los motivos de su marcha y siguen presionando para que regrese y acepte un matrimonio concertado, ya que consideran que su comportamiento actual ensucia el honor familiar.

Fotografía de mujer con velo | Fuente: Unsplash

Uno de los momentos más simbólicos de su liberación fue el descubrimiento de su propio cuerpo. Durante toda su vida, Lily había vestido ropa muy ancha y velos que ocultaban por completo su figura para no “dar problemas”. Por el contrario, al llegar al hogar de acogida, le entregaron ropa convencional: un pantalón vaquero y una camiseta. Al ponerse esas prendas y mirarse en el espejo, vivió un choque de identidad profundo: “No me reconocí porque dije: hostia, tengo cuerpo”, explica la joven. Esa primera imagen de sí misma, marcando su silueta después de años de ser tratada como una sombra inexistente, fue la confirmación de que por fin empezaba a ocupar un espacio físico y propio en el mundo.

El descubrimiento de su cuerpo no fue solo una cuestión estética, fue el inicio de un proceso doloroso en el que, como ella misma dice: “El cuerpo saca los traumas”. Lily carga con una herida que se remonta a sus tres años en Pakistán, un periodo en el que su madre viajaba a la capital para hacer papeleos y ella quedaba bajo el “cuidado” de su abuela paterna. En 2024, durante una visita, esa misma abuela le recordó con cinismo cómo la drogaba con una cachimba que le obligaban a fumar para prostituirla con hombres. Además, la entrevistada guarda el recuerdo nítido de estar paralizada por la droga, capaz solo de abrir los ojos mientras hombres desnudos la tocaban. “Hace poco se lo conté a mi padres, mi madre me creyó mientras que mi padre se reía y decía que era imposible recordar algo con esa edad”, confiesa la pakistaní. 

Hoy, ese pasado se manifiesta en forma de estrés postraumático y pesadillas que su cuerpo se encarga de gritar. Es más, en esa misma charla que tuvo en 2024, su abuela intentó convencerla de seguir con el “negocio” para conseguir dinero. “Hasta 2024 creí que el cariño de mi abuela era amor, ahora sé que me utilizaba para sacar dinero”, confiesa la joven Lily.

Fotografía de una mañana en las calles de Pakistán | Fuente: Unsplash

Esta experiencia personal refleja una sociedad donde, según la voz que se mantiene en el anonimato, la mujer no es más que una figura de trata u objeto: “Eres hija de tu padre, esposa de tu marido y madre de tus hijos. Tu nombre es inexistente, lo tienes en tu DNI o pasaporte y ya”, recalca la protagonista de la entrevista. Por otra parte, en Pakistán, la seguridad de una mujer depende de la presencia de un hombre. Sin un padre, hermano o marido al lado, salir a la calle es exponerse a violaciones impunes a plena luz del día. “En 2024 hubo una noticia muy fuerte, una mujer pakistaní fue violada por un grupo de hombres delante de sus hijos de 4 años mientras volvían de hacer la compra”, informa con tristeza Lily. 

Conviene subrayar que nadie hizo nada al respecto, ya que según la informante es algo que ocurre de manera tan habitual que a los ciudadanos no les resulta extraño. Igualmente, la entrevistada anónima relata con horror casos de mujeres quemadas con ácido o cigarrillos solo por desobedecer o negarse a bailar para los amigos de sus maridos. Todo se debe a que en esa cultura, la desobediencia de una mujer se paga con la vida o con el aislamiento, ya que el “honor” de toda una familia recae en la sumisión de la hija. 

Fotografía donde se ve a Khusra maquillandose | Fuente: L’actual

A pesar de su entorno, la protagonista hace una distinción tajante entre la religión y la práctica social: “Han juntado la cultura machista con la religión para tapar atrocidades”, explica. Desde su punto de vista, el Corán original busca el equilibrio físico y espiritual, a la vez que defiende un trato igualitario entre hombres y mujeres, pero ella recalca que esa visión original ha sido manipulada por los hombres para mantener su poder. “El islam en realidad realza la figura de la mujer porque es ella quien da vida al resto de la familia y quien crea la descendencia”, especifíca la entrevistada. Esta deshumanización no solo afecta a las mujeres. Lily también menciona la existencia de los llamados khusra, niños o jóvenes, a menudo sin techo o vendidos por sus padres a cambio de dinero, que se visten de mujer para servir como entretenimiento en eventos como bodas o espacio de diversión masculina. Se les define como una especie de “travestis” que están castrados, lo que les permite de manera legal poder vestirse como mujer. Lily relata que a pesar de usar ropa bonita y maquillaje, suelen tener una mirada muy apagada debido a la dura y turbia realidad que enfrentan, ya que detrás de estos entretenimientos se permite hacer con ellos lo que se desee como parte de su “trabajo”.


El refugio en lo místico y la reconstrucción personal

Lily ha tenido que reconstruirse desde cero. En medio de ese proceso, ha encontrado refugio en lo místico, una sensibilidad que, según cuenta, la acompaña desde pequeña y que hoy le permite conectar con los demás de una forma que antes le era imposible.

Mientras continúa con sus estudios y la escritura, va dando forma a una identidad propia, lejos del control y el silencio en el que creció. Aunque la relación con sus padres sigue marcada por la distancia y la negación de lo ocurrido, Lily avanza poco a poco, transformando su historia de ser una “sombra” en la búsqueda de un espacio propio en el mundo.

Fotografías de la nueva vida de la entrevistada | de archivo

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